La geometría de un olivar registra la relación entre las personas y el terreno. Los caminos conectan parcelas, los muros de piedra marcan límites y las hileras plantadas suben y bajan con la tierra.
La poda, el cuidado y la cosecha dan a los campos su ritmo estacional. A lo lejos, la repetición parece inmóvil. Entre los árboles, el paisaje se convierte en texturas: corteza rugosa, hojas estrechas y piedra calentada por el sol.